De todas las especialidades médicas, la Medicina Interna es probablemente la más desconocida para el ciudadano medio. Muchas personas no sabrían explicar exactamente qué hace un internista ni en qué circunstancias deberían acudir a su consulta. Y, sin embargo, se trata del especialista con la formación más amplia y transversal de todo el sistema sanitario: cinco años de residencia hospitalaria que abarcan prácticamente todas las áreas de la medicina del adulto.

La Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI) define esta especialidad con una frase que resume su esencia: «La visión global de la persona enferma.» En un contexto en el que la superespecialización médica ha traído avances extraordinarios pero también una fragmentación creciente de la atención, el internista representa la figura que mantiene la visión de conjunto. El médico que, antes de centrarse en un órgano concreto, se pregunta qué le ocurre al paciente como un todo.

Para entender mejor el papel de esta especialidad y cuándo puede resultar especialmente útil recurrir a ella, hemos conversado con el Dr. Jose Antonio Martín, especialista en Medicina Interna en Clínica El Romeral.

Dr. Jose Antonio Martín

Dr. Jose Antonio Martín

Especialista en Medicina Interna

Médico internista en Clínica El Romeral (Antequera). Amplia experiencia en diagnóstico diferencial, manejo de pacientes pluripatológicos y coordinación entre especialidades.

El internista: el gran desconocido

Dr. Martín, si tuviera que explicar a un paciente que nunca ha oído hablar de la Medicina Interna qué hace exactamente un internista, ¿cómo se lo resumiría?

Le diría que el internista es el especialista hospitalario del adulto que no se limita a un solo sistema o aparato. Mientras que el cardiólogo se centra en el corazón, el neumólogo en el pulmón o el digestólogo en el aparato gastrointestinal, el internista está formado para abordar al paciente en su totalidad. Eso no significa que sepamos de todo más que cada especialista —sería absurdo pretenderlo—, sino que nuestra mirada es integradora. Cuando un paciente tiene síntomas que no encajan claramente en una sola especialidad, o cuando padece varias enfermedades simultáneamente y necesita que alguien ponga orden en el conjunto, ahí es donde el internista aporta un valor que difícilmente puede dar otro profesional.

Se habla a menudo del internista como un «director de orquesta». ¿Se identifica con esa imagen?

Es una metáfora que se utiliza mucho y que, en esencia, refleja bien una parte de nuestro trabajo. Cuando un paciente está siendo atendido por tres o cuatro especialistas a la vez, cada uno tiende —con toda la lógica— a optimizar el tratamiento de la patología que le compete. Pero esos tratamientos pueden interaccionar entre sí, pueden tener efectos contrapuestos o pueden estar generando una carga farmacológica excesiva. El internista actúa como el profesional que mantiene la perspectiva global, que prioriza, que detecta interacciones y que, en ocasiones, decide que retirar un fármaco es más beneficioso que añadir otro. Así que sí, la imagen del director de orquesta es bastante acertada: no tocamos todos los instrumentos mejor que cada músico, pero nos aseguramos de que suenen juntos y en armonía.

Cuándo acudir al internista

Una de las dudas más frecuentes del paciente es precisamente esa: ¿cuándo debería pedir cita con un internista en lugar de con otro especialista?

Hay varias situaciones en las que el internista puede ser la puerta de entrada más eficiente. La primera y quizá la más habitual es cuando el paciente tiene síntomas que no sabe a qué especialista atribuir. Lleva semanas con cansancio, ha perdido peso sin razón aparente, tiene febrícula intermitente o dolores que no terminan de encajar en ningún patrón claro. En estos casos, el enfoque habitual suele ser ir al médico de cabecera, que deriva al especialista que le parece más probable, y si ese especialista no encuentra nada en su área, se produce una derivación a otro, y luego a otro. Es un proceso que genera frustración en el paciente y demora innecesariamente el diagnóstico. El internista, por su formación en diagnóstico diferencial, puede abordar esa incertidumbre desde el primer momento y orientar el estudio de forma más racional.

La segunda situación es la del paciente con múltiples enfermedades crónicas —lo que llamamos pluripatología—. Un paciente que tiene diabetes, hipertensión, insuficiencia renal leve y una enfermedad pulmonar crónica necesita a alguien que tenga presente cómo cada una de esas condiciones influye en las demás y cómo los tratamientos de una pueden afectar a la otra. En España, en torno al 40% de los pacientes ingresados en servicios de Medicina Interna presentan este perfil, y la tendencia es claramente creciente con el envejecimiento de la población.

Y hay una tercera situación que creo que merece atención: el paciente que simplemente quiere una valoración integral de su estado de salud. No tiene un problema concreto, pero quiere que alguien revise el conjunto, especialmente si tiene antecedentes familiares de enfermedades relevantes o si está en una franja de edad en la que conviene ser más proactivo con la prevención.

Menciona el diagnóstico diferencial como una de las fortalezas del internista. ¿Podría explicar qué es exactamente?

El diagnóstico diferencial es el proceso por el cual, ante un conjunto de síntomas, el médico elabora una lista de posibles causas y va descartándolas de forma sistemática hasta llegar al diagnóstico correcto. Es una competencia que todas las especialidades practican, por supuesto, pero el internista la ejerce con un abanico de posibilidades más amplio, porque no está limitado a un solo aparato. Cuando un paciente presenta fiebre prolongada de origen desconocido, por ejemplo, las causas pueden ir desde una infección oculta hasta una enfermedad autoinmune o un proceso oncológico. El internista está entrenado para contemplar todas esas posibilidades simultáneamente y dirigir el estudio de la forma más eficiente, sin multiplicar pruebas innecesarias.

Más allá del diagnóstico

¿El papel del internista se limita al diagnóstico, o también al seguimiento y tratamiento a largo plazo?

En absoluto se limita al diagnóstico. De hecho, una parte muy importante de nuestro trabajo es exactamente el seguimiento continuado. Hay patologías que el internista diagnostica, trata y sigue en el tiempo sin necesidad de derivar a otro especialista. Enfermedades autoinmunes sistémicas, trastornos metabólicos complejos, anemias de difícil filiación, enfermedades infecciosas que requieren tratamientos prolongados... Son situaciones en las que el internista no actúa como un mero clasificador que distribuye pacientes hacia otras consultas, sino como el médico responsable del caso.

Y luego está el seguimiento del paciente crónico complejo que mencionaba antes. Ese paciente que viene a consulta cada tres o cuatro meses para que revisemos conjuntamente cómo van sus patologías, ajustemos la medicación, detectemos precozmente cualquier descompensación y, en definitiva, mantengamos su calidad de vida lo más estable posible. Esa labor continuada de supervisión integral es, para mí, una de las facetas más gratificantes de la especialidad.

En una clínica como Clínica El Romeral, donde convive con especialistas de otras áreas, ¿cómo se articula esa coordinación en la práctica diaria?

Es una de las grandes ventajas de trabajar en un centro con múltiples especialidades bajo el mismo techo. La comunicación es directa y ágil. Si durante una consulta detecto que un paciente necesita valoración cardiológica, dermatológica o endocrinológica, puedo comentar el caso con el compañero correspondiente en el momento, compartir impresiones y, en muchos casos, coordinar la atención de forma que el paciente no tenga que repetir pruebas ni dar rodeos innecesarios. Esa cercanía profesional se traduce en una atención más rápida, más coherente y, en último término, más cómoda para el paciente. Es un modelo de trabajo que, en mi opinión, se acerca mucho a lo que debería ser la medicina: colaborativa, centrada en la persona y sin compartimentos estancos.

El internista y la prevención

Tradicionalmente se ha asociado al internista con la enfermedad ya establecida. ¿Tiene también un papel en la prevención?

Cada vez más, y creo que es un aspecto en el que nuestra especialidad tiene un recorrido enorme. El internista, precisamente por esa visión transversal que hemos comentado, está en una posición privilegiada para detectar factores de riesgo que, vistos de forma aislada por distintos especialistas, podrían pasar inadvertidos en su conjunto. Un paciente que tiene el colesterol ligeramente elevado, la tensión arterial en el límite alto, un índice de masa corporal por encima de lo recomendable y un familiar de primer grado con diabetes no tiene, técnicamente, ninguna enfermedad diagnosticada. Pero tiene un perfil de riesgo cardiovascular y metabólico que, si no se aborda de forma integrada, puede desembocar en problemas serios a medio plazo. Identificar ese patrón y actuar precozmente es algo que el internista hace de forma natural.

¿Hay algún mensaje que le gustaría transmitir a quienes nos leen?

Me gustaría que la gente supiera que el internista existe y que está ahí para ayudarles, especialmente en esas situaciones en las que uno no sabe muy bien a quién acudir. No hace falta tener una enfermedad grave para venir a la consulta de Medicina Interna. A veces basta con tener una duda, un síntoma que preocupa, o simplemente la voluntad de que alguien mire el conjunto de tu salud con atención y sin prisas. La medicina moderna tiende a fragmentar al paciente en parcelas, y eso tiene sus virtudes, pero también sus limitaciones. El internista es, en cierto modo, el profesional que recompone esas parcelas y le devuelve al paciente su condición de persona completa. Y eso, en la era de la hiperespecialización, tiene más valor que nunca.